Proyecto de diccionarios audiovisuales en Perú rescata el orgullo de los pueblos indígenas por su lengua

Yuca es como se conoce en la mayoría de los países de América Latina a un tubérculo, que sirve para preparar una gran cantidad de comidas, cuyo nombre científico es ‘manihot esculenta’. En otros territorios es conocido como aipim, mandioca, guacamota, casabe, casava o lumu.

Sin embargo, para el pueblo indígena Matsigenka, cuya lengua lleva el mismo nombre, este tubérculo se llama ‘sekatsi’.

No solo su nombre es distinto, sino que su historia es interesante. Según cuentan los habitantes de esta etnia, antiguamente los matsigenkas comían arcilla, hasta que la luna bajó del cielo y les dio este tubérculo que ahora cultivan en las chacras; que les sirve para hacer comidas y bebidas, como el masato, que toman en sus celebraciones.

Esta historia es contada en uno de los Diccionarios Audiovisuales Comunitarios (DAC), un proyecto que, con unas cápsulas de video de entre dos y tres minutos, busca fortalecer y revitalizar las lenguas originarias de Perú.

En ese país sudamericano existen 55 pueblos indígenas y se hablan 48 lenguas originarias —cuatro de ellas en los Andes y 44 en la Amazonía—, según la Base de Datos de Pueblos Indígenas u Originarios (BDPI) del Ministerio de Cultura.

«Muchas de esas lenguas se están perdiendo por un tema de aculturación, por un tema de que cada vez las nuevas generaciones las van dejando; y cuando se pierde una lengua, también se pierde una cultura», dice en entrevista con RT Carolina Martín, miembro de La Combi-Arte Rodante, una asociación que surgió en 2012 en Perú para promover la identidad y diversidad cultural, los derechos humanos y el cuidado del medioambiente y que, teniendo como principal recurso lo audiovisual, creó el proyecto de los DAC.

«Igual que para preservar una lengua hay diccionarios escritos, en papel, la idea es poder hacer un diccionario diferente en el que cada palabra sea un video», añade Martín.

Actualmente tienen 32 cápsulas audiovisuales sobre el mismo número de palabras, en seis idiomas: quechua, aimara, matsigenka, yine, shipibo-konibo y ese eja.

Participa toda la comunidad

En el proceso de creación del video participa toda la comunidad, aunque está hecho principalmente por niños y adolescentes, según cuenta la entrevistada.

Teresa Castillo, también de La Combi-Arte Rodante, explica que hay tres etapas antes de llegar a un producto final. «La primera fase es la visita de preproducción, donde se hace el primer contacto con la comunidad y, entonces, se organiza toda la logística y cómo va a ser», comenta. Con ello, se aseguran una consulta previa para que los habitantes de ese lugar acepten que se haga el proyecto y que no se trate de una imposición.

Luego, vuelven al territorio elegido y durante dos días organizan un encuentro comunitario. Se hace una asamblea con la comunidad, para que sean los adultos, y en especial los mayores, los que puedan ayudar a seleccionar las palabras que se van a incluir en el diccionario.

«Van decidiendo qué palabras son las que para ellos son más relevantes; también, a nivel cultural, cuáles consideran que son importantes que no se pierdan», añade Martín.

Una vez cumplido ese segundo paso, comienzan entre cinco y siete días de talleres con los niños, adolescentes y también sus profesores, donde enseñan diferentes técnicas audiovisuales, otro de los propósitos principales de este proyecto.

«Entre todos se va trabajando el proceso de una obra audiovisual, la lluvia de ideas, lo que van a hablar, se hace un guion, se hace un ‘storyboard’, luego hay gente que se aprende el lenguaje audiovisual, los tipos de planos; se les divide en grupos, unos graban video, otros se encargan de hacer dibujos y de hacer las animaciones», explica.

Con ello, se va conformando un video final que da cuenta de un trabajo completo, que abarca la traducción de la palabra, su pronunciación en el idioma originario específico, el contexto cultural y la importancia de ese vocablo para la comunidad.

Castillo señala que, aunque la mayor parte de la producción del video se realiza en la comunidad, el producto final se posproduce en Lima, la capital peruana, respetando la edición previa, el guion, las voces y otros elementos que ya se han introducido en la etapa previa. Una vez culminado, vuelven a la comunidad o envían la cápsula audiovisual para su proyección.

«Son unos privilegiados»

Martín cuenta que el proyecto ha tenido buena acogida en las comunidades originarias. Dice que los adultos son muy conscientes de la carencia que hay a nivel de educación, además de la brecha digital existente entre las zonas rurales y las urbanas.

Por ello, aceptan la llegada de un proyecto que «les va a permitir reducir esa brecha». Además, explica, en este caso «les propone un tipo de conocimiento que utiliza las nuevas tecnologías y está fortaleciendo su cultura«.

Otro motivo por el cual reciben de buena manera esta iniciativa, es porque existe un temor entre los adultos por la pérdida de la lengua con las nuevas generaciones.

«Los más jóvenes van creciendo, al final se van a estudiar fuera de la comunidad, donde no van a hablar la lengua porque no les van a entender, se van a reír de ellos, no les van a hacer caso, es decir, una serie de prejuicios y de estigmas con los que tienen que luchar en las grandes ciudades; y, al final, eso va haciendo que las lenguas se vayan debilitando hasta que desaparecen», dice Martín.

En este proceso de creación de los DAC, en su trabajo en las comunidades, Castillo y Martín les han hecho saber a los niños y adolescentes lo afortunados que son de poder hablar varias lenguas.

«La mayoría de los niños y los adolescentes con los que trabajamos habla la lengua, pero no siempre, a la primera de cambio, te cuentan que lo hacen; ellos tienen como vergüenza de reconocer que están hablando algo que no es español, como si eso les hiciera un poquito inferiores», añade Martín.

Esa situación cambia a lo largo del taller, puesto que los participantes «se van dando cuenta de que en realidad son unos privilegiados […] va creciendo ese sentimiento de orgullo, bien entendido, de tener esos conocimientos que no tienen muchos otros niños, no solamente del resto del país, sino del resto del planeta».

Ese cambio en los niños y adolescentes, en el proceso de creación de los DAC, es una experiencia que gratifica a estas creadoras, según cuentan. «Yo recuerdo mucho una niña que al principio le daba vergüenza hablar en su lengua y el último día, cuando volvimos y presentó los videos, ella cogió el micrófono y dijo: ‘voy a hablar en mi lengua porque estoy muy orgullosa’; y delante de todos habló», cuenta Castillo.

«Un proyecto replicable»

Además de hacer la proyección en las comunidades, las cápsulas audiovisuales están disponibles para las personas externas en la página web de La Combi-Arte Rodante.

Pero, aparte, lograron un convenio con TV Perú y las cápsulas se están transmitiendo a nivel nacional cada sábado en la mañana, durante un programa de esta televisora.

El material también es llevado a muestras audiovisuales en diferentes lugares, como festivales de cine; así como a colegios, donde proponen actividades con los niños.

Castillo considera que la realización de los DAC «es un proyecto que es muy replicable» y eso lo comprobaron en un viaje a México, donde hicieron tres cápsulas de este tipo; por lo que les encantaría hacerlo en comunidades originarias de otros países de Latinoamérica, «porque hay tantas y tanto en común».

 

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